Diálogos Interactivos
NUEVA ESCENA: El Café y la Máquina
En el Café de Pie, aún con las sillas sobre las mesas, hay un viejo aparato automático que sirve el café. No hay barista; la máquina lo ha sustituido. Al servirse el café, el abogado conversa consigo mismo y con el dispositivo.
Flaco (para sí):
—Todo automático… hasta el café. Ni buenos días da esta máquina… pero lo revive a uno igual.
(Se escucha el zumbido metálico del sistema automático. El café cae gota a gota con precisión matemática. El Flaco le habla directamente a la máquina, como si esperara respuesta.)
Flaco:
—¿Vos sabés lo que estás haciendo? Cada sorbo que me das me quita la muerte de encima… pero ¿sabés por qué? ¿O solo seguís instrucciones?
(La máquina no responde, claro. Pero un cliente más joven —Lucas, programador— se ha sentado cerca y ha escuchado el monólogo.)
Lucas:
—No lo subestime. Esa máquina tiene sensores de temperatura, flujo de líquido, presión… incluso regula el sabor. Está aprendiendo, a su modo.
Flaco:
—¿Aprendiendo? ¿A qué le llamás aprender? ¿A repetir lo que otro le programó? A mí me enseñaron a mentir, y todavía me pesa.
Lucas:
—No es lo mismo. Usted carga memoria emocional. La máquina no sufre. No duda. No tiene dilemas. Pero lo que usted hace con la información que tiene… eso sí es ético o no. Una máquina no decide si chantajea o si salva una vida.
Flaco (con sorna):
—Pero es más eficaz. Nunca se le quema el café, ni se le va la mano con el azúcar. Ya casi mejor que los humanos.
Lucas:
—Mejor en lo técnico. Pero ¿quién le da el propósito? Usted, por ejemplo, parece tener información importante… ¿para qué la usará?
Flaco (pensativo):
—Eso es lo que quema por dentro, pibe. No lo que uno sabe, sino qué hace con eso. Y por eso me tiemblan los dedos más que a esta máquina el dispensador.
NUEVA ESCENA: En la calle – con el taxista
De camino a buscar al “hombre”, el Flaco toma un taxi. El conductor, un hombre mayor llamado Efraín, ha digitalizado parte de su unidad: GPS, lector de rostro para desbloqueo, y un asistente virtual que le indica rutas. En la radio suena una noticia sobre drones policiales.
Efraín (mirando el retrovisor):
—Ahora hasta los drones nos vigilan, ¿vió? No hay dónde esconderse.
Flaco:
—Ni siquiera en los pensamientos. Pero eso sí, todo lo registran, todo lo almacenan… y nadie sabe quién tiene la llave.
Efraín:
—O quién la vende. A mí me ofrecieron una aplicación para grabar las conversaciones de los pasajeros, “por seguridad”, dicen. Pero yo digo: ¿y la privacidad? ¿y el alma?
Flaco:
—El alma se empeña por un par de clics y una buena oferta. ¿Vos sabés cuántos venden datos sin saberlo?
Efraín:
—Y usted… que va tan callado… ¿va a usar esa información para bien?
(El Flaco enciende otro cigarrillo. Suspira largo. Se guarda el periódico bajo el brazo.)
Flaco:
—A veces uno no busca el bien… solo el equilibrio. Hay veces en que si uno no mueve la pieza, otros lo hacen, y peor. Y las máquinas… esas siempre obedecen. Por eso me preocupan más los hombres.
ESCENA FINAL (Alternativa): En la puerta, otra voz.
El Flaco se detiene ante la puerta. Pero esta vez, hay un dispositivo de identificación digital en lugar de una cerradura normal. Un sistema de IA lo interroga. Se trata de un interfaz policial experimental, instalado para monitorear visitas a testigos clave.
IA de Seguridad (voz metálica, femenina):
—Identifique su motivo de visita. Su rostro ha sido registrado. ¿Desea continuar?
Flaco (sorprendido):
—¿Ahora ni golpear se puede sin dejar huella?
IA:
—Todo registro es para su seguridad y la de la comunidad. Si tiene intenciones legítimas, no hay por qué preocuparse.
Flaco:
—¿Y si mis intenciones están en construcción? ¿Qué pasa con los que dudamos?
IA:
—Dudar es un comportamiento humano. Este sistema no evalúa dilemas éticos. Solo hechos.
Flaco:
—Ese es el problema con ustedes. No saben lo que es el precio de decidir.
(Se aleja de la puerta sin tocarla. Mira hacia el cielo de cables y antenas. Vuelve sobre sus pasos.)
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