Composición de poesía generativa
El flaco y la hora sin nombre
(poesía generativa a partir de la narrativa original)
No son las siete,
y el flaco ya ha cruzado la calle,
como sombra que se escapa
de un sueño que arde.
Camina raudo,
con las piernas largas sudando historias,
pantalón azul que chorrea madrugadas,
cigarrillo que tiembla entre dedos vencidos.
Va hacia el café de pie,
donde la ciudad aún no despierta,
donde las sillas siguen sobre las mesas,
y el aire huele a promesa hervida.
La taza,
pequeña como un secreto,
se posa en su boca como bálsamo,
como nombre antiguo que lo regresa a la vida.
En sus labios
el café es brebaje y frontera,
sorbo amargo que endereza el alma
y doma el temblor de los que dudan.
“¿Le cuento o no le cuento?”,
retumba la voz de la noche pasada.
“Podría sacar provecho…
pero ¿a qué precio el silencio?”
Sus zapatos,
gastados como juramentos viejos,
le recuerdan que no hay carro,
solo camino.
En el periódico,
las letras lo confirman todo:
lo que oyó, lo que sospechó,
lo que ahora podría negociar.
Dobla el diario como si fuera un plan.
Lo guarda bajo el brazo
como quien esconde un arma que no quiere usar.
Camina entre edificios grises,
el sol le pega en la espalda,
y los pasos lo llevan
a una puerta que conoce.
Va a tocar.
Levanta el puño.
Pero el recuerdo le detiene la mano:
“si tuviera una metralleta…”
y la piel se le eriza como página quemada.
No golpea.
Gira.
Piensa: “mejor lo traigo yo”.
Se aleja
con el cigarro nuevo entre los dientes,
las pupilas despiertas,
y una idea nacida en la duda.
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