Transformación de estilo literario

El flaco y el café que lo devuelve del más allá

Dicen los que madrugan en la ciudad que hay un alma flaca que, antes que el sol se sacuda las lagañas, ya va cortando la calle como rayo partiendo nube. A ese lo conocen por “el abogado”, aunque de toga y estrado solo le quedan los recuerdos y un par de papeles viejos.

No eran ni las siete de la mañana cuando ese hombre, de zancadas largas y pantalón de tela azul sudada, cruzó con apuro la avenida donde el Congreso se alza con ínfulas, y se perdió por el Paseo Cervantes. Caminaba como quien lleva fuego en los talones y niebla en el pecho. En la mano temblorosa, un cigarro encendido se iba consumiendo como las ganas de volver a dormir.

Llegó al Café de Pie, que a esa hora ni sillas había bajado, y se sentó en su rincón de siempre. Con dedos manchados de nicotina y uñas como cortezas viejas, tomó la tacita que más parecía dedal. Le dio un sorbo corto pero hondo, como quien bebe algo que le devuelve el alma al cuerpo. Y allí, con la frente arrugada por la noche sin sueño, volvió a la vida, o al menos a lo que le quedaba de ella.

Dicen que ese café era su misa, su rezo, su conjuro. Y que entre cada trago, sus pensamientos zumbaban como abejas sin panal.

—¿Le cuento o no le cuento…? —decía bajito—. ¿Y si con esto me hago un dinero?

Miraba sus zapatos como quien mira el camino andado: gastados, descoloridos, con el tacón que ya casi saluda al suelo. El carro, claro, seguía varado, como su suerte. Se acabó el café de un solo trago y volvió al cigarro, el tercero del amanecer, dicen los parroquianos. Ni el cuerpo ni los ojos habían dormido.

Se fue caminando entre edificios que crecen como maizales de cemento, buscando el puesto de periódicos del viejo Don Efraín, que todos saben que si algo no sale ahí, es porque no pasó. Hojeó rápido, de columna en columna, hasta que lo vio. Lo que oyó en la madrugada estaba ahí, entre tinta y titulares. Sonrió con la boca chueca del que ya ve el negocio.

Dobla el diario, lo guarda en la axila y parte rumbo incierto, con el sol a su espalda y la sombra larga delante. Va preguntando por la Interpol, por la policía, por los que andan con uniforme y pluma. Pero de pronto, sus pasos lo llevan a un pasillo, a una puerta de madera que conoce bien.

Levanta la mano para golpear, pero algo se le frena en la sangre. La voz de un recuerdo, como cuchillo viejo, le atraviesa el pellejo:

—Si tuviera una metralleta, los pondría a todos contra el paredón…

Le tembló la piel. El sudor volvió a salir, como si el café ya no lo protegiera.

No tocó. Dio media vuelta, como quien cambia el destino con un giro de cadera.

—¿Y si lo traigo yo? —pensó.

Y con ese pensamiento encendido, volvió a caminar. Otro cigarro, otro plan, otra puerta en otro momento. Esta vez, iría al lugar del hombre, buscaría pistas, olfatearía como perro sabueso. Porque si algo sabía el flaco, era andar entre sombras sin dejar huellas.

Y así lo vieron perderse calle arriba, con el periódico en la axila y el pasado pegado al talón, buscando a su víctima como quien busca redención… o venganza.

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